jueves, 17 de septiembre de 2009

Intolerancia y locura

Hace ya 15 años aproximadamente tuve el honor de participar en los inicios del proyecto cubano de obtención de órganos para trasplante. Filosófica y éticamente no era una tarea fácil, había que leer mucho para entender que era la muerte biológica y luego la muerte cerebral. Hoy prácticamente en el mundo entero esto se da por entendido. En aquel momento no era así.
Tuve la buena o mala suerte de que en mí como profesional se fundieran dos especialidades: Cirugía y Cuidados Intensivos, lo que hizo que me viera forzada tanto a trabajar en la mantención del donante como en la extracción de los órganos. Aclaro que nunca compartí al mismo tiempo los dos roles. Pero puedo decir que tuve unas experiencias inolvidables.
Cierta noche del 1995 un accidente absurdo costo la vida a un joven cubano, el trauma craneal que sufrió al ser lanzado de un vehículo en marcha le provoco la muerte encefálica. El joven tenía todos los requisitos para ser un donante adecuado, incluso en su carnet de identidad tenía el sellito de donante voluntario. Este sello no tenía fuerza legal real por lo que a los familiares siempre se les pedía la autorización para la extracción-donación de órganos. En este caso en particular recuerdo que el padre se negó al proceso alegando que nunca un “desgraciado comunista” llevaría los órganos de su hijo. Cierto es que la aceptación de una petición de este tipo en medio del duelo por la perdida es difícil de aceptar.
Pero este recuerdo me vino a la mente cuando leí en Facebook un comentario de una joven llamada Grace. Ella hacía referencia a una vieja noticia, ocurrida en 2005 cuando la incursión israelí en Jenin. Ahmed niño palestino de doce años, hijo de Ismail Khatib murió a consecuencia de los disparos que por error le propinaron los soldados israelíes.
El sábado mismo en que ocurrió la muerte, en el minuto preciso del desenlace final, Ismail y su esposa decidieron donar los órganos de su hijo musulmán a dos niños judíos y otro drusaí.
No es asunto de perder el camino ni renunciar a los principios que creemos como válidos, pero cuando la intolerancia llega a convertirse en locura ni los niños se pueden salvar.